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sábado, 15 de agosto de 2009

Soy un sadico cerdo, un hijodeputa y un violador

Lisbeth Salander es una chica de 24 años con aspecto de niña de quince, mide 150, parece ser anorexica, y esta catalogada como retrasada mental... segun ella su vida es un nido de ratas y lo que mas odia...es a los hombres que no aman a las mujeres.

(FRAGMENTO)

—Di buenas noches —dijo ella.
Subió la pistola eléctrica hasta su axila izquierda y le disparó 75.000 voltios.
Cuando sus piernas empezaron a flaquear, ella apoyó el hombro contra su cuerpo y
empleó todas sus fuerzas para tumbarle sobre la cama.
El abogado Nils Bjurman se retorcía de dolor. Sus músculos estaban
inutilizados. Su cuerpo parecía paralizado. No estaba seguro de haber perdido la
consciencia, pero se hallaba desorientado y no recordaba muy bien qué le había
pasado. Cuando, poco a poco, fue recuperando el control de su cuerpo, se encontró
desnudo, tumbado de espaldas sobre su cama, con las muñecas esposadas y
dolorosamente despatarrado. Tenía quemaduras que le escocían en las zonas donde
los electrodos habían entrado en contacto con su cuerpo.
Lisbeth Salander estaba tranquilamente sentada en una silla de rejilla que había
acercado a la cama, donde, con las botas puestas, descansaba los pies mientras se
fumaba un cigarrillo. Cuando Bjurman intentó hablar se dio cuenta de que su boca
estaba tapada con cinta aislante. Giró la cabeza. Ella había sacado los cajones y
vaciado su contenido.
He encontrado tus juguetitos —dijo Salander.
Sostenía en la mano una fusta mientras rebuscaba en la colección de consoladores, bridas y máscaras de látex que había echado al suelo.
—¿Para qué sirve esto? —dijo ella, mostrándole un enorme tapón anal—. No,
no intentes hablar; digas lo que digas no te voy a entender. ¿Es esto lo que usaste
conmigo la semana pasada? Basta con que asientas con la cabeza.
Se inclinó hacia él, expectante.
Nils Bjurman sintió repentinamente cómo un terror frío le recorría el pecho y
perdió el control. Tiró de las esposas. Ella había tomado las riendas. Imposible. No
pudo hacer nada cuando Lisbeth Salander se inclinó sobre él y le colocó el tapón
entre las nalgas.
—Así que te va el sado —le dijo—. Te gusta meterle cositas a la gente, ¿verdad?
Ella lo clavó con la mirada; su cara era una inexpresiva máscara.
—Sin lubricante, ¿no?
Bjurman emitió un alarido a través de la cinta aislante cuando Lisbeth Salander,
brutalmente, separó sus nalgas y le metió el tapón en su sitio.
Deja de quejarte —dijo Salander, imitando su voz—. Si te pones bravo, voy a
tener que castigarte.

Se levantó y bordeó la cama. Él, indefenso, la siguió con la mirada... «¿Qué coño
va a hacer ahora?» Desde el salón, Lisbeth Salander llevó al dormitorio un televisor
de 32 pulgadas sobre ruedas. En el suelo estaba el reproductor de deuvedés. Todavía
con la fusta en la mano, lo miró.
—¿Me estás prestando toda tu atención? —preguntó—. No intentes hablar:
basta con que muevas la cabeza. ¿Me oyes?
Él asintió.
—Muy bien. —Se inclinó y cogió la mochila—. ¿La reconoces?
Él movió la cabeza.
—Es la mochila que llevaba cuando te visité la semana pasada. Es de lo más
práctico. La he tomado prestada de Milton Security.
Abrió una cremallera que había en la parte inferior.
—Esto es una cámara digital. ¿Sueles ver Insider, en TV3? Es como las mochilas
que usan esos terribles reporteros cuando graban algo con cámara oculta. —Cerró la
cremallera—. ¿El objetivo? ¿Te estás preguntando dónde se esconde? Es el detalle
más exquisito. Gran angular con fibra óptica. El ojo parece un botón y se oculta en el
cierre del asa. Quizá recuerdes que coloqué la mochila aquí en la mesa antes de que
empezaras a meterme mano. Me aseguré bien de que el objetivo apuntara hacia la
cama.
Le mostró un disco y lo insertó en el aparato reproductor. Luego giró la silla
situándola de manera que pudiera ver la pantalla del televisor y se sentó. Encendió
otro cigarrillo y pulsó el botón de encendido.
Le puso toda la película.
Apagó la tele y permaneció callada en la silla durante más de diez minutos sin
mirarle. Bjurman ni siquiera se atrevió a moverse. Luego Lisbeth Salander se levantó
y se dirigió al cuarto de baño. Cuando volvió, se sentó en la silla. Su voz resultaba
tan áspera como el papel de lija.
Cometí un error la semana pasada —dijo—. Creí que iba a tener que
chupártela otra vez, lo cual, tratándose de ti, es de lo más asqueroso, pero no tanto
como para no ser capaz de hacerlo. Creí que conseguiría fácilmente material con la
suficiente calidad para demostrar que eres un asqueroso y baboso viejo. Te juzgué
mal. No había entendido lo jodidamente enfermo que estás.

»Te voy a hablar claramente —prosiguió—. Esta película muestra cómo violas a
una retrasada mental
de veinticuatro años de la que has sido nombrado
administrador. Y no tienes ni idea de lo retrasada que puedo llegar a ser si hace falta.
Cualquiera que vea esto descubrirá que no sólo eres un mierda sino también un loco
sádico. Ésta es la segunda y la última vez, espero, que veo esta película. Bastante
instructiva, ¿a que sí? Yo creo que va a ser a ti a quien van a encerrar, no a mí. ¿Estás
de acuerdo?
Lisbeth esperaba. Él no reaccionaba, pero ella pudo ver que estaba temblando.
Agarró la fusta y le dio un latigazo en medio de sus órganos sexuales.
—¿Estás de acuerdo? —repitió con una voz considerablemente más alta. Él
asintió con la cabeza—. Muy bien. Entonces, eso ha quedado claro.
Acercó la silla y se sentó de modo que pudiera mirarle a los ojos.
—Bueno, ¿qué crees que debemos hacer para arreglar este asunto?
Él no pudo contestar.
—¿Se te ocurre alguna buena idea?
Como él no reaccionaba, ella alargó la mano, lo cogió por los testículos y estiró
hasta que la cara de Bjurman se retorció de dolor.
—¿Se te ocurre alguna buena idea? —repitió.
Él negó con la cabeza.
Bien. Porque espero que, en el futuro, no se te ocurra jamás ninguna idea; si
no, me vas a cabrear la hostia.
—Se reclinó en la silla y encendió otro cigarrillo—. Yo
te diré lo que va a pasar: la semana que viene, en cuanto hayas podido cagar ese
pedazo de tapón de goma del culo, le darás instrucciones al banco para que yo, única
y exclusivamente yo, tenga acceso a mi cuenta
. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
El abogado Bjurman asintió con la cabeza.
—Muy bien. Nunca jamás volverás a ponerte en contacto conmigo. En el futuro
sólo nos reuniremos si a mí me da la gana. En otras palabras: acabas de recibir una
orden en la que se te prohíben las visitas.
Él movió la cabeza afirmativamente varias veces para, acto seguido, suspirar.
«No piensa matarme», pensó.
—Si vuelves a contactar conmigo, las copias de este disco llegarán a todas y
cada una de las redacciones periodísticas de Estocolmo. ¿Entiendes?
Asintió repetidas veces. «Tengo que hacerme con la película.»
—Una vez al año, entregarás un informe positivo sobre mí a la comisión de
tutelaje. Les comunicarás que llevo una vida perfectamente normal, que tengo un
trabajo fijo, que mi comportamiento es impecable y que consideras que no existe
absolutamente nada anormal en mi forma de actuar. ¿De acuerdo?
Él movió la cabeza afirmativamente.
—Cada mes redactarás un falso informe sobre tus supuestas reuniones
conmigo. Darás cuenta, con gran detalle, de mi actitud positiva y de lo bien que me
van las cosas. Me enviarás una copia por correo. ¿Está claro?
Él volvió a asentir. Lisbeth Salander reparó, con la mirada ausente, en las gotas
de sudor que poblaban la frente de Bjurman.
Él asintió.
—¿Sabes por qué tienes que esforzarte al máximo? Por una jodida razón:
porque si fracasas, haré público el contenido de esta película.
Bjurman escuchó cada una de las sílabas que pronunció Lisbeth Salander. Un
repentino estallido de odio apareció en sus ojos. Decidió que ella cometía un error
dejándole con vida. «Esto lo pagarás caro, puta de mierda. Tarde o temprano. Te voy
a destrozar.» Pero seguía asintiendo con fingido entusiasmo al responder a cada
pregunta.
—Y lo mismo sucederá si intentas contactar conmigo —le dijo, pasándose un
dedo de un lado a otro del cuello—. Dile adiós a este piso, a tu bonito título y a los
millones de esa cuenta bancaria que tienes en el extranjero.
Los ojos se le pusieron como platos al oírla mencionar el dinero. «Cómo coño se
habrá enterado...» Ella sonrió y se tragó el humo del tabaco. Luego tiró el cigarrillo
sobre la moqueta y lo apagó pisándolo con el tacón.
—Quiero una copia de las llaves del piso y del despacho.
De ahora en adelante yo controlaré tu vida. Cuando menos te lo esperes,
quizá cuando estés durmiendo, apareceré por tu dormitorio con esto en la mano.
Le mostró la pistola eléctrica.
Te voy a vigilar. Si vuelvo a pillarte con una chica, no importa si ha venido
voluntariamente o no, si alguna vez te encuentro con una mujer, sea quien sea... —
Lisbeth Salander se pasó nuevamente los dedos por el cuello—. Si yo muriera, si
sufriera un accidente, si me atropellara un coche, o si me ocurriera algo..., los
periódicos recibirían copias de la película. Además de una historia detallada en la
que cuento qué significa tenerte a ti como administrador.
»Y otra cosa. —Se inclinó, acercando su cara a unos pocos centímetros de la del abogado—. Si me vuelves a tocar alguna vez, te mataré. Créeme.
El abogado Bjurman la creyó sin vacilar. En sus ojos pudo ver que no se estaba
marcando un farol.
—Recuerda que estoy loca.
Él asintió.
Ella lo contempló pensativa.
—No creo que tú y yo vayamos a ser amigos —dijo Lisbeth Salander con voz
seria—. Ahora mismo estás ahí tumbado congratulándote de que sea tan estúpida
como para dejarte vivir. A pesar de ser mi prisionero, sientes que controlas la
situación; piensas que lo único que haré, si no te mato, es soltarte. Así que albergas la
esperanza de recuperar muy pronto tu poder sobre mí. ¿A que sí?
Preso, de repente, de malos presentimientos, él negó con la cabeza
.
Te voy a regalar una cosa para que te acuerdes siempre de nuestro pacto.
Le mostró una malévola sonrisa, se subió a la cama y se sentó de rodillas entre
sus piernas. El abogado Bjurman no sabía lo que ella quería decir, pero sintió miedo.
Acto seguido, descubrió una aguja en la mano de Lisbeth.
Movió bruscamente la cabeza de un lado a otro e intentó girar el cuerpo hasta
que ella apoyó una rodilla contra su entrepierna y, a modo de advertencia, le apretó
con fuerza
Estate quieto. Es la primera vez que uso estos instrumentos.
Trabajó concentradamente durante dos horas. Al terminar, él ya había dejado
de quejarse. Más bien parecía hallarse en un estado de apatía. Lisbeth se bajó de la
cama, ladeó la cabeza y contempló su obra con mirada crítica. Su talento artístico
dejaba mucho que desear. Las letras estaban torcidas, lo que les daba un toque
impresionista. Le había tatuado un texto de cinco líneas, con letras mayúsculas
azules y rojas que le cubrían todo el estómago y le bajaban desde los pezones hasta
casi alcanzar el sexo: «SOY UN SÁDICO CERDO, UN HIJO DE PUTA Y UN VIOLADOR».

Recogió las agujas y metió los cartuchos de tinta en su mochila. Luego fue al
cuarto de baño y se lavó las manos. Al volver al dormitorio se dio cuenta de que se
sentía considerablemente mejor.
—Buenas noches —dijo.
Antes de marcharse, abrió una de las esposas y le dejó la llave encima de su
estómago. Se llevó la película y el juego de llaves del piso.

6 comentarios:

  1. No ps esta chido el texto

    =$


    La neta me gusto



    Chido blogg



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  2. Creo que rebelaste parte importante de la trama... jejejeje pero esa escena me aprece invreible, al menos en el libro, no se en la peli. Ando leyendo Millennium y no me despego... estaba buscando precisamente esa frase del tattoo para una idea q tengo en fotografía, icluso la busco en Sueco jajajaja

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  3. Para una fotografía? No pensarás tatuar a nadie! Pues me gustaria verla ;)

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  4. 2ª corintios 5:16 Sigan andando por espíritu y no llevarán a cabo ningún deseo carnal. 17 Porque la carne está contra el espíritu en su deseo,y el espíritu contra la carne.

    ( de la traducción de las Santas Escrituras )

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  5. Sigan desahogándose por internet que yo os buscaré para contaros la ley de Dios. No soy de ninguna religión,es que me estudio la palabra de Dios y Jesucristo.

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  6. Lucas 15:10 Surge gozo entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.

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